Parece que toda la felicidad se ha ido de esta casa como se ha ido ella. Será que se la llevó consigo para siempre.
Aquí es donde he jugado y vivido y ahora, mírame, estoy recogiendo las historias de una costurera metidas en objetos de casa. Con miedo a entrar a la habitación azul, porque ya lloré demasiado al despedirla hace unos días. Aún así, ahora tengo que ser valiente, como ella me dijo. Abro la puerta y todo huele a ella. Una mezcla entre suavizante y perfume de rosas, y allí, detrás de todas las cosas, está su máquina de coser. Tantas prendas dejó a medias mi abuela y tantas prendas que alguna otra persona ha llevado con ilusión. Ahora todo lo que llevamos es negro, y eso que ella odiaba ese color.
Ahora me gustaría que me hiciera aquel vestido que me ofreció y yo me negué. Ahora quiero la tarta que le pedí que no hiciera, a pesar de lo que le habría gustado hacerla. Ahora añoro los calcetines que me hizo y que yo tiré, porque me daban demasiado calor. Ahora necesito ese calor en forma de abrazos que yo antes no tuve momento de darle.
Ahora la necesito.
Porque esto me ha dejado el corazón a harapos, y mi abuela odiaba ver algo descosido.

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